Nos pasamos aproximadamente la tercera parte de nuestra vida “dormidos”. Así, como suena. Pero, en el caso que nos ocupa, no es ni mucho menos para recriminarnos por ello. Vamos a la cama cada noche porque lo necesitamos, porque la  naturaleza lo impone así. Y si queremos oponernos a sus   principios, lo pagaremos al día siguiente en forma de un “apagón” general. El rendimiento va a ser menor, estaremos algo nerviosos… y hasta nuestro aspecto habitual no será el mismo.

Experimentos realizados con personas que voluntariamente se prestaron a ello han demostrado que, en general, el ser humano no puede estar más de treinta horas sin dormir. Tras la primera noche de vigilia pudieron realizar mal que bien su trabajo de siempre. La segunda noche insomne ya no fue tan fácil de pasar como la primera: los ojos picaban, el cansancio era acusado y la   tentación por cerrar los ojos –en cuyo caso se dormían  inmediatamente- era poco  menos que irresistible. Los que vencieron las dificultades de esa segunda noche, durante el día siguiente no podían sentarse, ni leer (veían doble), ni tampoco escribir. A medida que iba   avanzando este segundo día sin dormir la capacidad de atención desaparecía y las personas se volvían irritables, a la vez que la temperatura corporal bajaba. En esas condiciones seguir sin  dormir la tercera noche fue ya un reto imposible de cumplir. Habrá quien se acuerde de un ejemplo que en su opinión   ponga en duda este experimento, pero aquí valdría decir aquello de “la excepción confirma la regla.

Se ha podido saber también que el sueño se desarrolla en varias fases sucesivas. Desde una  primera de somnolencia (en la que nos dormimos y despertamos alguna vez, damos vueltas, somos sensibles a   algunos ruidos, etc), hasta la de sueño profundo, pasando,   mientras tanto, por otras etapas en las que va disminuyendo paulatinamente la presión    arterial y el ritmo del corazón.

Los sueños se producen después de la fase de sueño profundo. Poco a poco, a veces de forma irregular, aumenta la actividad del cerebro, que llega a ser  mayor que la que se registra durante el día. En esta fase –conocida por las siglas REM, del inglés Rapid Eye Mouvement (rápido movimiento de ojos) –aumenta también la presión y la actividad del     corazón y los músculos. Se  cambia varias veces de postura y el cerebro se entrega a la  fantasía. Nadie deja de soñar en esta fase, pero, a no ser que nos despertemos mientras la mente está tejiendo el sueño, no pondremos recordando el día siguiente.

Todas las etapas descritas se suceden varias veces durante la noche. Al llegar a la etapa REM se vuelve a empezar, y así hasta la hora en que hemos puesto el despertador. No obstante, cada vez el sueño es menos profundo, y llega un momento –después de siete u ocho horas- en que el organismo del adulto satisface su necesidad de dormir y se despierta sin que nadie ni nada se encargue de avisarle.

Algunas veces hemos oído  decir, o lo sabemos por nuestra propia experiencia, que cuanto más dormimos más queremos seguir haciéndolo. Y es cierto, por una razón muy sencilla: durante la vigilia predomina el sistema nervioso simpático, pero en el sueño lo hace el parasimpático. Cuando se duerme mucho parece ser que este último se acostumbra a dominar, exigiendo cada vez más horas.

Aunque los que duermen de día por razón de su trabajo podrían llevarnos la contraria, parece también que el organismo prefiera dormir durante la noche, acomodándose al ritmo que marca el funcionamiento hormonal.

RECUERDE QUE…

Los niños tienen mayor necesidad. En sus primeras semanas de vida, el niño duerme hasta veintidós horas, y si no fuera porque el organismo tiene también necesidad de alimentarse, es posible que se pasara todo el día. Hay un motivo que justifica su deseo de dormir: en los niños la fase  REM tiene una duración doble que en los adultos, y esta fase es la que se dedica a soñar y a revitalizar neuronas. Un detalle a tener en cuenta es que los niños como los mayores, tienen su propio biorritmo, con la  diferencia de que ellos no lo pueden adecuar tan fácilmente a los requerimientos de uno. En consecuencia, observamos que tienen un horario “personal” de sueño. Su naturaleza les impone las horas que necesitan y el momento que es propicio para entregarse a ellas. Un bebe  dormirá mejor por la mañana, otro quedará dormido a las ocho de la noche y habrá alguno que se resista a dormir antes de la media noche.

.

.Texto: Dr. Chinchilla

 

0 Comentarios

Contesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

©Copyright realizado por Marketing A Empresas

Contactar con nosotros

Puedes enviarnos cualquier consulta y responderemos en lo más breve posible, un saludo

Enviando

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?

Si continúas usando este sitio, aceptas el uso de cookies. Más información

Los ajustes de cookies en esta web están configurados para «permitir las cookies» y ofrecerte la mejor experiencia de navegación posible. Si sigues usando esta web sin cambiar tus ajustes de cookies o haces clic en «Aceptar», estarás dando tu consentimiento a esto.

Cerrar